La
renuncia del director del zoo
Desnuda al
gobierno porteño
Por Sergio
Federovisky – Enviado por Dra. Graciela
Gómez para el www.elclorindense.com.ar
A esta altura presuponer que a la gestión de
la ciudad de Buenos Aires le importa algo
más que el negocio, entendido como mecanismo
recaudatorio y a la vez como sistema de
favorecimiento de intereses privados a costa
de cualquier defensa del Estado, suena al
menos como una ingenuidad. La forma en que
se resolvió el conflicto en el zoológico,
disparada de manera trágica con la muerte
del oso polar Winer en diciembre pasado pero
amasada desde que el gobierno porteño
permitió el languidecer de una concesión
terminada y luego promovió una subasta para
entregarla a los mismos privados que la
incumplieron, confirma decisivamente esa
situación.
Dicho conflicto, que para el gobierno de
Mauricio Macri parece no haber sido tal,
derivó en la renuncia –durísima- del
conservacionista Claudio Bertonatti, cuyas
palabras debieran ser escuchadas si se
pretende tener en Plaza Italia algo más que
una colección de animales metidos en un
patrimonio arquitectónico valioso.
Bertonatti admite que cuando fue convocado
por ganadores de la subasta a cinco años no
solo dudó sino que fue advertido del error
que podía estar cometiendo. En primer lugar
porque la propia concepción de subasta,
ideada para no pasar por la Legislatura como
exige una concesión a más de cinco años,
dejaba sin demasiado sustento la posibilidad
de instaurar una gestión moderna y
transformadora del zoológico, toda vez que
ninguna discusión al respecto se había
llevado a cabo y los pliegos no contenían
ninguna mención explícita a esa necesidad de
renovación conceptual. Segundo, porque los
ganadores eran parte central (los gerentes
locales) del mismo grupo –CIE entertaiment-
que había ostentado la concesión del
zoológico durante buena parte del período de
más de veinte años desde que fuera
privatizado:
El propio Bertonatti admite que en esas dos
décadas el zoo “perdió el rumbo” y se
convirtió apenas en una unidad de negocios
para quien lo explotara. Y tercero, porque
el gobierno de la ciudad no expuso ninguna
voluntad cierta de control o vigilancia
respecto de los propósitos modernizadores
del zoo que todo aquel que sabe del asunto y
pasa por su puerta lo exige a gritos: no
generó una sola consulta con expertos, no
conformó ninguna comisión de notables, y
mantuvo el control de la gestión en manos de
la Dirección General de Concesiones del
Ministerio de Economía, sin ninguna
participación de los organismos asociados a
la cuestión ambiental y, menos, de alguna de
las organizaciones no gubernamentales que
operan en la ciudad.
De palabra, al contratarlo, a Bertonatti le
manifestaron la voluntad de la empresa
ganadora de la concesión de realizar las
reformas que el experto puso como condición
para asumir. Pero no pasaron más de seis
meses que, con el episodio de la muerte del
oso polar como bisagra, le anunciaron que
aquellas promesas quedarían en eso y que la
caída de la recaudación obligaba a mantener
el zoo tal como estaba, y eventualmente
mejorar su perfil de espectáculo cuasi
circense, para recuperar la taquilla.
La renuncia de Bertonatti al constatar que
ninguna voluntad de transformación existía
da por tierra con un proceso que quizás
nunca siquiera se vislumbró, principalmente
porque el Estado de la ciudad está ausente
en el proceso. Es llamativo y desolador que
una renuncia de un director de un zoológico
de estas características, con los
fundamentos que expone, a un gobierno no le
mueve un pelo. O quizás no es llamativo,
sino que ayuda a confirmar los verdaderos
intereses que defiende.
Lo macabro es el cinismo de sostener la
consigna de “ciudad verde”, con lo que
connota, en el intento de establecer los
criterios de la gestión. Y casi tan macabro
es el silencio de los medios que se dicen
comprometidos con lo ambiental pero
privilegian el blindaje a la gestión
porteña, como contracara del enfrentamiento
que sostienen con el gobierno nacional.
Lo que sigue es el texto de la renuncia de
Bertonatti, dirigido a Silvia Imas, la
directora general de Concesiones del
gobierno porteño:
"El motivo de la presente es comunicarles
formalmente mi renuncia como Director
General del Jardín Zoológico de Buenos Aires
a partir del 3 de Abril pasado. La misma se
desencadenó cuando miembros del directorio
de la empresa concesionaria me comunicaron
que la situación económica no les permite
desarrollar la propuesta técnica o el “Plan
para renovar la visión, misión, compromisos
y objetivos del Zoológico de Buenos Aires en
el período 2012-2017”. Simultáneamente, me
manifestaron la necesidad que uno de los
socios de la empresa tome el liderazgo de la
institución para que yo pudiera abocarme
solo a los aspectos de conservación,
bienestar animal y educación, aunque dentro
del contexto anunciado. Este, claramente, no
fue el plan para el que fui convocado. Digo
esto porque, como saben, el pliego de bases
y condiciones de la concesión de uso del
zoológico no es suficiente para asegurar un
cambio radical y necesario. De ahí, la
importancia del plan mencionado, que lo
complementa, asumiendo el compromiso de
hacer más de lo que pedía el Gobierno de la
Ciudad. Renuncié, entonces, porque ya no
tengo la convicción de que sea posible
seguir transformando el viejo Zoológico de
Buenos Aires en un moderno centro de
educación ambiental y de conservación de la
fauna (con énfasis en el rescate,
rehabilitación y liberación de especies
argentinas).
Esto, a la vez, manteniendo los mejores
estándares de bienestar animal posibles. De
todos modos, sigo convencido de esa
necesidad, porque ya no hay espacio para
otro tipo de zoológico. A nivel mundial, se
apunta a ello desde hace décadas. La WAZA
(Asociación Mundial de Zoológicos y
Acuarios) -a través de su última “Estrategia
Mundial de Zoos y Acuarios para la
Conservación”- es muy clara. Y la brecha que
separa al Zoo de Buenos Aires de esos
principios y criterios sigue siendo grande.
Son conocidas algunas de las dificultades,
problemas y resistencias (externas e
internas) que me tocaron enfrentar durante
mi gestión (iniciada el 16 de enero de 2012)
en esa dirección. Y tenía sentido enfrentar
ese abanico de problemas si se continuaba
trabajando en el proceso de transformación
institucional. Desde abril de 2013 lo
considero no menos que amenazado. Supe desde
el primer momento que no sería fácil este
desafío, pero –contra los pronósticos de
respetados colegas y expertos en esta
materia- elegí intentarlo. Después de haber
dedicado mi vida a la conservación de la
naturaleza y a la educación ambiental no iba
a desestimar la oportunidad. Pero recordemos
la suerte del primero y más grande director
de este Zoológico, Eduardo Ladislao Holmberg:
terminó exonerado (desde luego,
fraudulentamente). Hubiera sido injusto que
me fuera mejor. Él, al menos, pudo terminar
gran parte de su obra (la mayoría de los
edificios monumentales que hoy vemos sobre
un parque con criterios de avanzada para el
siglo XIX y muchos otros logros). En mi
caso, me voy con la amargura de apenas ver
la tarea empezada. Sin embargo, confío que
otros -en mejores condiciones- puedan
concluirla. Para ello, quedan en la
institución personas de valores, formadas y
comprometidas con un buen zoológico. Son su
“reserva”, pero se trata de una minoría
amenazada, porque el fin de lucro y la
política no suelen compartir sus mismos
valores. La centenaria historia de este
zoológico ha demostrado más capacidad para
expulsarlas que para retenerlas. Pero se
está a tiempo de darles cabida retomando la
transformación del Zoológico.
Además, su suerte no está disociada de la
del Gobierno de la Ciudad. Es mucha la gente
que sigue con interés su evolución y que
demanda un cambio. A lo largo de estos días,
por ejemplo, he recibido cientos de
expresiones de afecto o apoyo de miembros de
organizaciones no gubernamentales,
funcionarios públicos de distintos poderes,
científicos, docentes, periodistas y colegas
de todo el país. Incluso, desde otros países
(Uruguay, Paraguay, Brasil, Chile, Estados
Unidos, España, Suiza, Israel). Mi cuenta de
Facebook lo reflejó con claridad". |